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Editorial

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*Autor para correspondencia
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http://dx.doi.org/10.24038/mgyf.2021.014

Pedro Javier Cañones Garzón

Director de Medicina General y de Familia


Como su propio nombre indica, la pandemia de la covid-19 constituye una amenaza mundial, una amenaza para todos los rincones del planeta, que no se resolverá definitivamente con soluciones parciales o regionales. Es muy importante que los gobiernos de todos los países se coordinen con los organismos internacionales para que dichas soluciones sean globales, para que ninguna comunidad humana se quede atrás en el acceso a la tecnología sanitaria necesaria para combatir la enfermedad. Y es que ninguno de nosotros estará a salvo mientras todos no estemos a salvo: es un hecho irrefutable que, tanto si ganamos como si perdemos, lo haremos juntos.

Sin duda uno de los grandes retos actuales de la humanidad, probablemente el más perentorio de todos, es el diseño, la fabricación y la distribución de vacunas y pruebas diagnósticas de eficacia contrastada, y que estas sean distribuidas de forma equitativa y solidaria sin que los países del primer mundo se empeñen en acaparar más de lo que en justicia les corresponde.

Hace algo menos de un año se creó el denominado “Acelerador del Acceso a las Herramientas contra la Covid-19” (ACT-A por sus siglas en inglés). Se trata de un proyecto enormemente ambicioso, novedoso y de todo punto revolucionario, en el que se han implicado organismos internacionales, gobiernos de muy diversos países, científicos, organizaciones no gubernamentales, filántropos… El objetivo que da sentido a su creación es favorecer el desarrollo de herramientas diagnósticas, terapéuticas e inmunizadoras contra la covid-19, y además proveer los medios necesarios para fortalecer los sistemas de salud. Es evidente que para su éxito se precisa financiación suficiente, innovación tecnológica y organizativa y, por encima de todo, colaboración internacional. Se estima que la inversión necesaria para este ingente proyecto es de cerca de 550 millones de euros; comprende la adquisición de vacunas, de pruebas diagnósticas, de fármacos y otros elementos terapéuticos, aparatos frigoríficos, equipos de protección personal, formación de profesionales sanitarios, campañas de información general…

El denominado “Mecanismo COVAX” es uno de los tres pilares de ACT-A. Su función es garantizar el acceso rápido, justo y equitativo a las vacunas contra el SARS-CoV-2, de manera que todo ser humano pueda beneficiarse de ellas a medida que estén disponibles, cualquiera que sea su lugar de origen o de residencia, o su disponibilidad personal, regional o nacional de recursos económicos.

Se espera que a partir del presente mes de febrero, y durante todo el primer semestre de este año, COVAX distribuirá más de 300 millones de dosis de estas vacunas en 140 países. Los primeros beneficiados previstos serán Ghana, Costa de Marfil, Ruanda, Nepal, Pakistán, Afganistán, Maldivas y Sri Lanka.

La prioridad principal de COVAX es conseguir la inmunización del personal sanitario y de la población de riesgo en todo el mundo, para lo que se requiere la colaboración activa de los países más ricos. Pero a nadie se escapa la importancia de que la inmensa mayoría de la población mundial esté inmunizada cuanto antes, porque el riesgo de aparición de variables del SARS-CoV-2 resistentes a las vacunas es directamente proporcional al tiempo que se tarde en conseguir dicha inmunización. Por ello, los fabricantes deben favorecer que las vacunas se distribuyan de manera equitativa y además compartir sus logros tecnológicos con otros fabricantes y distribuidores para contribuir a incrementar el suministro de dosis.

La disponibilidad de vacunas seguras y eficaces contra el SARS-CoV-2 no conseguirá por sí sola acabar con la pandemia. A ellas habrá que añadir todos los medios tecnológicos, materiales y humanos ya mencionados.

No obstante, por encima de todo, cada uno de nosotros como individuos debemos colaborar en la contención de la propagación de la enfermedad por medio de las sencillas medidas de prevención que ya conocemos: el uso de mascarilla en todo momento y lugar, el lavado frecuente y concienzudo de las manos, la limitación de las relaciones sociales presenciales y, cuando estas no puedan ser evitadas, el mantenimiento de la distancia interpersonal. Ahora que las autoridades sanitarias comienzan a relajar las drásticas medidas de salud pública que se han adoptado durante las pasadas semanas, es el momento de insistir a nuestra población general (de la que formamos parte también cada uno de nosotros) acerca de la relevancia de la responsabilidad individual de cara a evitar nuevas agudizaciones del curso de la pandemia: la inmunidad adquirida frente al virus nos protege de padecer la enfermedad, pero no evita que la contagiemos a otros.